BORNEO, la cima de mis sueños (I) – Sabores de fantasía

Llevo varios días recorriendo la parte norte de la isla de Borneo, la tercera más grande del mundo, si no tenemos en cuenta los continentes, por detrás de Groenlandia y Nueva Guinea. No deja de asombrarme el contraste entre mi mundo conocido y este otro en el que ahora se marcan mis huellas. No dejo de pensar en cómo una persona nacida aquí, y que ha vivido buena parte de sus años en este lugar del planeta, ha podido acostumbrarse a la vida en una ciudad occidental.

Conocí a Julian hace algo más de 4 años en Canadá. Después de vivir en diferentes ciudades del sudeste asiático y desempeñar los trabajos más inverosímiles que uno pueda imaginarse, había llegado finalmente a Toronto en busca de una nueva oportunidad. Me cautivaban sus historias, las aventuras que le habían acontecido y las dificultades a las que había hecho frente para poder llegar donde en ese momento se encontraba. Hablaba sobre su país, sobre su pueblo y, de alguna manera, en cada una de sus palabras se desprendía un arraigo demasiado fuerte que la distancia y el tiempo no habían podido fragmentar. Le prometí que algún día viajaría a ese lugar, aquél sobre el que tanto me contaba y del que estaba profundamente enamorado.

“La distancia hace que valores mucho más el sitio al que perteneces, crea vínculos que nunca pensaste que existían y te proporciona un sentimiento de añoranza hacía ese lugar que te ha visto crecer, donde se han forjado tus sueños y al que, no importa cuanto podamos viajar, la cantidad de países que conozcamos o el tiempo que nos alejemos, siempre trataremos de regresar” – me decía – , y sus ojos se alzaban buscando esos momentos vividos tan lejos de donde estábamos.

Hoy he cumplido mi promesa. He volado miles de kilómetros y me encuentro en la ciudad de Kota Kinabalu. La capital de la región de Sabah, al este de Malasia y al noreste de la isla de Borneo, es uno de los centros comerciales e industriales más importantes del este del país y esto, junto a que constituye la principal puerta de entrada popular a la isla por la zona norte, hace que esté desarrollando uno de los más rápidos crecimientos entre las urbes malayas.

Julian me espera en la zona de llegadas. Durante una temporada ha cambiado los gruesos abrigos, jerséis y botas que usa en Toronto por unas viejas sandalias de cuero que combina con una ligera camisa de lino y unos pantalones cortos. Le reconozco rápidamente y, aunque su pelo está notoriamente más largo y ha cogido algo de peso desde la última vez que le vi, sigue desprendiendo ese aire paternal que hace que a su lado te sientas siempre protegida.

“Aquí se come mucho mejor que en Canadá” – me informa –  para justificarse al intuir que sus kilos de más es lo primero en lo que me he percatado. “Bonita camisa” – le respondo yo-  quitando importancia al asunto y nos fundimos en un largo abrazo. “Jalan-jalan…” – añade – , y sonrío contenta de pensar que “bienvenida” es una palabra bonita con la que empezar mi colección personal de términos malayos que me llevaré al final del viaje.

De la mano de Julian y la encantadora Caren estoy descubriendo los tesoros que alberga este lugar que, según me explican, toma su nombre del majestuoso monte Kinabalu, situado a unos 80 kilómetros de distancia y hacía el cual nos dirigimos en este momento. “Kota” en malayo significa ciudad, y se dice que Kinabalu procede de un término que simboliza “un lugar de respeto”. Ellos prefieren utilizar el término “K.K” al referirse a ella, para diferenciarla de otras ciudades cuyo nombre también se forma con la palabra “Kota”.

Llevamos unas dos horas de trayecto. Una vez más, la proporción distancia/tiempo por carretera en países asiáticos está enormemente distorsionada debido al estado de las vías, lo que hace necesario invertir más horas en recorrer kilómetros que en los estándares europeos que nuestra lógica contempla.  “Las distancias aquí se miden en tiempo” – me informa Caren – al darse cuenta que intento hacer cuentas pensando que tendríamos que haber llegado hace rato. Aprovecho para observar el paisaje por la ventanilla del coche.

 

Me llama la atención la cantidad de árboles frutales que existen en esta región. Es posible ver  los diversos frutos colgando de sus ramas o asomados entre sus hojas desprendiendo toda una gama de colores que rompen la monotonía del intenso verde que pinta los bosques. Malasia tiene variedades de fruta que no existen en ninguna otra parte del mundo y, concretamente, en Sabah, hay más de 20 tipos diferentes, algunos de los cuales no es posible encontrar en otras partes del país.

“Has venido en la época correcta” – me dice Julian – subiendo y bajando las cejas al unísono y esbozando una de sus ladinas sonrisas como suele hacer cuando siente que algo ha salido correctamente  acorde a los planes. Es la “Fruit Season” o estación de las frutas, que abarca de Mayo a Agosto y en la que es posible encontrar aún más especialidades que en el resto del año. La carretera está salpicada cada pocos metros con gente local vendiendo fruta. Unos con sus camionetas, otros con simples bolsas en el suelo y los más sofisticados con puestecitos de madera vieja y troncos. En ellos puedes encontrar cualquier variedad que puedas imaginarte y muchas que, incluso, te cuesta entender que existan.

 

No hay día que no paremos un par de veces, al menos, para comprar fruta y mi mirada se pierde ahora entre todas esas personas que, a lo largo de vías, caminos y carreteras, conforman lo que podría ser la equivalencia más cercana a los mercadillos callejeros de los domingos que conocemos en varios países de Europa. Pregunto a mis amigos si todas esas familias comerciantes ganan lo necesario para vivir o necesitan el apoyo de otra fuente de ingresos. Caren me dice que la fruta es un alimento esencial en cualquier dieta borneana y de la gente de Sabah. “Una familia puede vivir modestamente con lo que gana vendiendo en los márgenes de la carretera” – añade -. Aprecio, una vez más, el distinto significado que adquieren algunas palabras a tantos kilómetros de mi “mundo conocido” cuando pronuncia “modestamente”.

 

 

Por excelencia, el “Rey de las frutas”, como ellos lo llaman, es el Durian. Es la fruta más popular de Malasia y otros países del sudeste asiático como Tailandia, Singapur o Brunei. Podemos encontrar desde helados y pasteles hasta patatas fritas, hamburguesas o caldos hechos con él. Hace unos días en el centro de Kuala Lumpur me había extrañado ver un cartel en el metro en el que prohibían la entrada con Durians y hoy entiendo la razón. Hemos comprado varios para merendar cuando lleguemos al monte Kinabalu y desde ese momento, aunque los hemos colocado astutamente en el maletero, un fuerte olor se ha hecho compañero de viaje entre nosotros.

Me comentan que aunque no es común, existen ciertos malayos a los que no les gusta el sabor del Durian y mucho menos su olor, que es tan fuerte que en ocasiones condiciona al paladar. Algunos describen este olor como “un excremento de cerdo, barniz y cebollas, todo mezclado con un calcetín sudado”. “Estoy deseando comerme uno” – pienso – mientras escucho esta suculenta descripción.

El Durian es de considerable tamaño, tiene forma alargada o redondeada y está cubierto por espinas. De hecho, su nombre viene del malayo “duri”, que significa espina. La pulpa es carnosa y de un color entre amarillento y anaranjado, de sabor dulce, aunque de aroma difícil de soportar. Si no me hubieran advertido que se trataba de una fruta, estoy segura que jamás lo hubiera logrado adivinar. Es una textura espesa que te hace una pasta en la boca cuyo sabor me recordó, en cierto modo, a la típica mantequilla de cacahuetes americana. Es bastante más calórico que lo que acostumbramos a encontrar en nuestras frutas conocidas, las cuales siempre tienen la cantidad de agua necesaria para no hacernos olvidar que estamos degustando una especialidad natural.

Y si el Durian es el rey, el Mangosteen es la reina de las frutas. Así se la conoce y no sólo llama la atención por su pulcro y singular aspecto, si no que sorprende la manera en la que la has de abrir para comerla: tan sólo presionando suavemente sobre su base para que su dura cáscara se rasgue en el lugar exacto y deje salir un sutil perfume. Dulce, ligero y cargado de jugo, al quebrantarse su rojiza cobertura y probar su interior de un blanco impoluto te das cuenta que tiene un sabor, lleno de vitalidad que no se asemeja a ningún otro que hayas probado jamás.

 

A parte de ser una fruta exquisita, el listado de beneficios curativos que ofrece el Mangosteen es innumerable, contando entre ellas, anti cáncer, anti depresivo y cardio protector. Como afirma el médico canadiense Frederic Templeman, con más de 20 años de experiencia y especializado en el estudio de esta fruta como complemento alimenticio: “El Mangosteen proporciona una ayuda de gran alcance para cada sistema del órgano en el cuerpo humano. Este hecho está siendo confirmado sobre una base diaria por experiencia clínica (…) El Mangosteen, sin una duda, sería siempre el suplemento más acertado del alimento.”

Caren me cuenta que cuando era pequeña todas las tardes comía Mangosteens con su padre. Era como un ritual y su parte favorita del día cuando él llegaba a casa y se sentaban juntos en el porche para compartir confidencias rodeados de esta fruta. Él le enseñó a mi amiga que según el número de pétalos que estuviesen dibujados en la base de la cáscara, tal cual sería su interior con el mismo número de gajos. “Si encuentras uno de 7 es buena suerte” – le decía – mientras jugaban a ver quién de los dos hallaba  la suerte dentro de ese canasto de mimbre. Me encuentro con su mirada en el espejo retrovisor del coche mientras degusto sin parar Mangosteen tras Mangosteen y mis manos se llenan de jugo rojizo. Aún puedo ver a esa niña de ojos rasgados introduciendo con ilusión su mano en la cesta, tratando de conseguir su propio “trébol de cuatro hojas”.

En el tiempo que llevo aquí he probado más frutas de las que he comido en mi vida. Unas son más ligeras como el Duku Langsat, el Rambután, la Guava o el Starfruit y otras poseen consistencia más compleja y calórica y un sabor más intenso como el Tarap, el Soursop, el Cempedak o  el Jackfruit.

 

Realmente Sabah es una pasarela continua de colores y sabores que te invita a sentarte en “front row” para descubrir cada fruta, entenderla y no olvidarla nunca. Me pregunto si cuando regrese seré capaz de conformarme con la variedad que encontramos en los supermercados europeos o trataré de convencerme que los mangos expuestos bajo el letrero “frutas tropicales” puedan ofrecer la misma explosión de aroma y sabor que se produce con los que ahora pruebo…

Continúa leyendo en:  BORNEO, la cima de mis sueños (II) – El viaje errante

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