BORNEO, la cima de mis sueños (II) – El viaje errante

Además de toda la maleza y los árboles frutales que flanquean nuestro camino al monte Kinabalu, se puede disfrutar con un paisaje salpicado, en ocasiones, con construcciones típicas de Borneo. Pequeñas casas sobre pilotes y alzadas sobre arrozales, que despliegan un arcoíris multicolor en sus cuerdas para tender ropa y que dejan entrever un profundo desgaste en sus materiales, principalmente madera y bambú, debido posiblemente a efectos del clima tropical o las termitas.

Veo a niños jugar en las escaleras que unen el suelo con los “serambis”, una especie de balcones cubiertos que podemos encontrar en las casas tradicionales malayas. Botellas vacías y ramas secas hacen las veces de juguetes. Nos dicen adiós con la mano y se agitan al ver pasar el coche. Las madres hacen las labores cotidianas o recogen frutos. Es una existencia humilde, sencilla y no agresiva en su más amplio sentido que dista mucho de la que encontramos en grandes ciudades, que valora ante todo el contacto con las personas y que invita a ser observada y aprender lo que aquí conocen por “vivir”.

En Sabah nunca te cansas de observar todos los elementos a tu alrededor. Los viajes, aunque sean largos, nunca son aburridos porque el paisaje es un lienzo en constante movimiento que te sumerge en una marea de brillantes destellos. Siento como si todo lo que mi vista alcanza fuera una creación del maestro Van Gogh y yo fuera la protagonista de alguno de sus famosos cuadros envuelta por esa naturaleza de espirales que sólo él sabía plasmar.

Hace unos días fuimos a visitar el  “Tip de Borneo”, la punta más al norte de la isla y localizada en la región de Kudat. Los habitantes de esta área, un grupo étnico conocido como los “Rungus”, se refieren a él como “Tanjung Simpang Mengayau” o “Tanjung Simpang Mangazou”, haciendo honor a la leyenda que forja su historia.  Hasta alcanzar este punto de encuentro donde confluyen el Mar de la China Meridional y el de Sulú, recorres un camino largo y complejo en el que la carretera aparece y desaparece cada pocos kilómetros mezclándose con sendas de tierra donde los baches, cruces y ramas caídas dificultan el paso y donde pequeñas construcciones que hacen las veces de casas asoman entre la espesura permitiéndote comprobar que allí también hay vida.

A lo largo del trayecto me dio la impresión que nos dirigíamos hacia un sitio al que no le gusta ser descubierto fácilmente, que guarda celosamente su ubicación y tan solo pretende ser conocido por unos pocos elegidos que superen el arriesgado e intrincado camino y se merezcan la recompensa. El particular “Mordor” de Borneo, oculto tras más de 200 Kilómetros desde Kota Kinabalu, fue tiempo atrás el escenario de feroces batallas que tuvieron lugar entre los piratas de Sulú, forajidos musulmanes provenientes del sur de Filipinas que intentaban invadir la isla, y  los Rungus.

Un mástil con una bandera ondeante de Malasia y una gran bola de Bronce con un mapa para recordarte dónde te ubicas en ese momento es todo lo que puedes encontrar en una pequeña plaza que se erige en la parte más elevada. A partir de ahí, un camino de rocas doradas modeladas por el viento y el mar desciende vertiginosamente hasta un rompeolas creado por la naturaleza donde el agua salada chapotea susurrándote que estás en el fin del mundo.

Hoy, el Tip de Borneo ya no es enclave de contiendas ni peleas, si no una cima donde acuden ciertas personas para meditar y algunos turistas que proclaman “haber conseguido llegar a la parte más al norte de la isla”. Divisando el horizonte no dejo de sentirme afortunada por ser testigo de este punto de inflexión entre las aguas de dos mares. Mi mirada se pierde en esa línea lejana que parece separar el cielo de la tierra y entonces me susurran al oído: “Jalan-jalan no quiere decir bienvenido…  es la palabra que utilizamos aquí cuando alguien se atreve a hacer un viaje errante. Para nosotros posee un gran significado y  nos evoca el mundo de fantasía de nuestros sueños, ése que nos impulsa a explorar carreteras y caminos de esta tierra llamada Malasia, en la encrucijada de Asia…” Unas desgastadas sandalias de cuero se alejan de mí sorteando los orificios creados en la roca por el agua, ahora hogar de unos pequeños “cangrejos porcelana”, que se asoman tímidamente a la superficie.

 

¡Casi hemos llegado!-  anuncia Julian- mientras el coche se dirige a una serpenteante y empinada cuesta flanqueada por numerosas banderas de la región de Sabah. En ellas la figura del monte Kinabalu destaca sobre un fondo de color azul cielo. Está claro que los sabahanos están orgullosos de su propia montaña sagrada, la que da nombre a la capital de la región y la que constituye el atractivo turístico más importante de la zona. Según me cuentan, cada habitante suele ir una media de 3 a 4 veces al año.

Por fin el motor del coche se para y bajamos. Respiro un aire tan puro que me quema y me llena de serenidad. No echo de menos el olor del Durian que nos ha acompañado durante todo el viaje, aunque me percato que me había acostumbrado a él. Nos encontramos en el Resort Celyn, perteneciente al pequeño municipio de “Ranau” y situado a 1.176 metros por encima del nivel del mar. Éste  será el punto de partida de nuestra excursión por el monte Kinabalu, el cual se erige impasible ante mis ojos.

“El camino más claro hacia el universo es a través de un bosque” – escribió el naturalista y explorador John  Muir en uno de sus diarios. La espesa jungla de Borneo, famosa por ser una de las más peligrosas e inexploradas del mundo entero, se abre ahora ante mí, me invita a conocerla y a entenderla. Mis pensamientos y reflexiones se quedarán para siempre entre aquellos árboles milenarios, quizá enterrados bajo las hojas caídas o alzando el vuelo junto a algún dusky munia.

Dentro de unos días mi amigo volverá a Canadá. Es su deber. Dejará atrás estos intensos colores, los mil sabores diferentes, los sonidos nocturnos de la jungla y las fragancias que ondean en el viento.  Todo ello se fundirá en un recuerdo, el de una promesa cumplida, el de un lugar inolvidable, el de SU lugar, al que pertenece…

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