El majestuoso Monte Kinabalu (I): explorando Kinabalu Park

Reconozco que la primera vez que oí hablar del Monte Kinabalu fue cuando ya tenía un pie puesto en Malasia. Me lo mencionaron Julian y Caren, mis amigos malayos que me mostraron la región donde vivían y se habían criado. Esta comarca, llamada Sabah, y localizada en la parte noreste de la isla de Borneo, es donde encontramos el majestuoso Monte Kinabalu.

Es majestuoso por su tamaño, es la montaña más alta de toda la isla de Borneo con 4.095 metros y cuya silueta domina como un coloso la ciudad de Kota Kinabalu, a unos 80 kilómetros de distancia.

Una atmósfera mística comienza a envolver el ambiente en cuanto nos aproximamos al Kinabalu. Vemos como la carretera va cogiendo inclinación y nos muestra un paisaje selvático, con verdes de mil tonalidades diferentes rodeándonos por todos los ángulos, salvo por la estrecha tira de asfalto que se extiende delante de nosotros como una alfombra guiándonos hacia la inmensa masa de tierra que, inmóvil, parece aguardar con calma nuestra llegada.

En los bordes, cientos de árboles frutales que sólo se pueden ver en Sabah, flanquean el camino como centinelas que protegen un sitio sagrado. Podemos distinguir árboles de durians, taraps y rambutanes, con sus frutos colgando de las copas. Cada pocos metros hay pequeños e improvisados puestos donde la gente del lugar se gana la vida vendiendo esas frutas y paramos en uno de ellos a comprar suministros para el viaje.

La carretera cada vez se va haciendo más estrecha y empinada y la selva que la rodea se torna más y más densa. No puedo evitar imaginarme cómo debe ser explorarla y perderse dentro, sin nada a mí alrededor que no sea un árbol, maleza o las cientos de especies de animales que existen allí. No en vano, la selva de Borneo es una de las zonas del planeta con mayor diversidad de flora y fauna. Según la organización WWF, se estima que la isla cuenta con al menos 222 especies de mamíferos (44 de ellas endémicas), 420 de aves residentes (37 endémicas), 100 anfibios, 394 peces (19 endémicos) y 15,000 plantas (6,000 endémicas) y muchas de ellas aún no han sido ni siquiera descubiertas.

Entre los mamíferos se encuentran los orangutanes y el mono probóscide, una variedad que, según me dice Julian, los malayos llaman “orang belanda”, o traducido a nuestro castellano “mono holandés”. Pregunto a mi amigo el por qué de esa denominación. “Le damos ese nombre por el parecido que tiene con los holandeses, nuestros antiguos colonizadores. Por su larga nariz y colorada cara” – me argumenta – mientras pienso si los habitantes de los Países Bajos se tomarán esto con humor.

Cuando ya parece que nuestro camino no puede ser mas tortuoso, giramos y nos adentramos por un sendero de piedras por el que transcurre un pequeño riachuelo. El coche, un utilitario japonés con ruedas de perfil bajo y la suspensión rebajada hasta casi rozar con el suelo, parece que no va poder subir.

Pasamos a lo largo de pequeñas casas de madera, de las cuales asoman antenas de televisión por las ventanas. Explanadas de tierra se convierten en campos de juegos donde corretean niños y gallinas. Estamos ante el Sabah rústico y olvidado, el que es difícil conocer si no vas de la mano de gente local.

Cada vez que tomamos una curva el coche sufre más. Hay ruidos y crujidos por todos lados y con el intenso sol que lleva brillando toda la mañana, el olor que desprende el durian que llevamos en el maletero cada vez es más intenso y desagradable. Realmente no veo el momento de llegar al sitio donde nos alojaremos, al parecer en un enclave privilegiado y que ha sido reservado por mi amigo.

Durante el viaje, Julian explica que ha elegido este alojamiento no por ser el más lujoso de la zona, ni por tener el mejor servicio, ni siquiera por el desayuno o el rating de Tripadvisor, sino que el motivo por el cual quería llevarnos a ese resort de tan difícil acceso era porque es el único lugar desde el que se puede disfrutar de una vista completa y perfecta del monte Kinabalu.

-Almost there! – ¡Casi hemos llegado! –  dice Julian mientras dirige el coche por la que sería la última cuesta del día. Cuando por fin el morro asoma al final de la pendiente, distingo un letrero que indica: “CELYN RESORT”.

Mount Kinabalu Natural Park

Una vez hecho un chequeo del resort y habiéndonos instalado en las habitaciones, nos aguarda la segunda parte del día: una excursión al Parque Natural del Monte Kinabalu.

Nada más llegar a la caseta que hace las veces de entrada y punto de partida, nos encontramos una pequeña exposición de la fauna y flora nativa de la zona de Sabah. Las fotos están desgastadas, los colores comidos por la luz, y da la impresión de que durante los últimos 30 años nadie se ha molestado en renovar ningún elemento de aquel lugar.

Salimos de allí un poco decepcionados cuando, de pronto, se apareció ante nosotros un puente que conectaba con un sendero adentrándose en la jungla. Mis amigos se dirigen muy decididos a cruzarlo, así que no dudo en ir detrás. Aunque no paro de recordar todas esas viejas fotografías de arañas e insectos venenosos que acabo de ver, algunos de ellos más grandes que la palma de mi mano, no puedo evitar sentirme como Robinson Crusoe a su llegada a la isla y dejo de lado mis miedos y temores para explorar cada centímetro de toda esta maleza.

Al final del sendero, la espesura se descubre y llegamos a lo que parecen unas termas llenas de personas bañándose. Hay gente de todas las edades, pero si algo tienen en común, es que todos ellos parecen residentes de etnia malaya o china. No hay ni rastro de turistas occidentales lo que, unido a lo que ha sucedido a lo largo del día, hace que me sienta lejos de mi mundo conocido, algo que, en parte, me inquieta.

Salvo algunos de los más jóvenes que visten bañadores, las demás personas parecen ignorar el cartel “obligatorio utilizar atuendo de baño para meterse en las termas”.  Según Julian y Caren, la razón por la que no se quitan la ropa o, en caso de las mujeres, los pañuelos de la cabeza, es por un tema de vergüenza ligado en muchas ocasiones a la religión. “Vivimos en una sociedad bastante conservadora y pudorosa, con lo que las mujeres tienen la necesidad de cubrirse en todo momento para no sentirse observadas y los hombres se encuentran más cómodos con el torso cubierto” – me dicen.

Me llama la atención un cartel que reza: “prohibido hervir huevos” y no puedo evitar preguntar a Caren el por qué de tal advertencia. Me cuenta que antes era muy común que las familias malayas vinieran a este lugar de “picnic” y utilizaran el agua caliente de estas termas para cocinar mientras se daban un baño. Pero algún tiempo atrás, el órgano que regula los parques nacionales de Malasia decidió prohibir esta costumbre alegando medidas higiénicas, lo cual no me extraña en absoluto viendo la zona donde solía llevarse a cabo esta práctica chapoteada por la multitud de personas que están sumergidas en esas mismas aguas.

Esto me hace pensar en una de las cosas que más me ha sorprendido desde mi llegada a Malasia. La gran cantidad de carteles de prohibición que hay en todos los sitios. Está prohibido fumar en casi cualquier lado, introducir animales en ningún sitio, no se puede hacer ruido, tampoco comer y beber en el transporte público ni introducir en el metro ciertas frutas…

La prohibición de cocinar dentro de unas termas naturales donde la gente se baña, junto con otra que había visto en un restaurante y decía: “Por favor, no escupir” son las que más me sorprendieron. Supongo que en mi cabeza no surgiría en ningún momento la idea de llevarme huevos para cocer en unas termas en las que me relajo agradablemente. Igual que jamás se me ocurriría esputar mientras disfruto de mi arroz tres delicias.

Ciertas sociedades, con otra mentalidad y distintos hábitos sociales o alimenticios son capaces de tener estas sorprendentes costumbres, que aunque bizarras y extravagantes para mi urbanita mentalidad europea, en otro contexto puede resultar lo más normal del mundo. Esta es una de las magias de viajar: el ponerte en el lugar de otra persona, instruirse de otra cultura, sociedad o religión y comprender la forma tan distinta que se puede tener de ver la vida.

Y precisamente la capacidad de asombro es una de las joyas escondidas en cada viaje y la que nos hace aprender más sobre nosotros mismos y nuestras reacciones ante situaciones desconocidas.

Pasadas las termas y tras recorrer un estrecho y largo camino que serpenteaba entre la espesura, nos dirigimos hacía una torre de madera construida en un árbol. Ascendemos por una escalera de caracol con algunos peldaños dañados, hasta llegar a un puente colgante que pasaba por encima de un desfiladero envuelto hasta el último centímetro de plantas de todos los tamaños.

Hojas y ramas de todo tipo y condición se desplegaban en cualquier dirección a la quisieras dirigir la mirada. Tan sólo la cúpula azul del cielo ponía fin a una hegemonía de intensos verdes. Aún con la seguridad que transmite estar en un parque natural, ver este espectáculo de la naturaleza y escuchar el murmullo de un riachuelo que se adivina bajo el denso follaje, hace que seas consciente de la magnitud de la selva de Borneo en la que tienes suerte de estar en este preciso momento…

Continúa leyendo en: El majestuoso Monte Kinabalu (II): ascendiendo a la cumbre de Borneo

Fotos vía Thebohemiantraveller.com | Robert Nyman | A moment to remember | 芝士曼煎

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