El majestuoso Monte Kinabalu (II): ascendiendo a la cumbre de Borneo

Un halo místico rodea al Monte Kinabalu. Multitud de historias y leyendas van pasando de boca en boca por Sabah, la provincia dónde podemos encontrarlo, en la remota isla de Borneo, Malasia.

Según las creencias de la tribu indígena de los Kazadan-Dusun, el nombre Kinabalu viene de “Aki Nabalu”, que en su lengua significa “lugar sagrado de los muertos”. En cambio, el folklore popular malayo sostiene que Kinabalu procede de “Cina Balu”, que quiere decir “viuda china”.

Cuenta la leyenda que un príncipe chino ascendió a la cumbre de la montaña en búsqueda de una enorme y valiosa perla que se encontraba guardada por un feroz dragón. Tuvo éxito en su aventura, y tras descender contrajo matrimonio con una mujer de la tribu de los Kadaza. Al poco tiempo, el príncipe tuvo que retornar a China, abandonando a su esposa, quien, con el corazón destrozado tras su marcha, se adentró en las montañas para llorar sus penas, eventualmente tornándose en piedra y dando nombre a la formación rocosa donde pasó el resto de sus días.

Son las 5 de la mañana y suena el despertador. Un día cualquiera lo primero que hago es pulsar la tecla “snooze” en mi teléfono para remolonear unos minutos más. Pero hoy no. Aunque no he podido dormir en toda la noche debido a unos extraños ruidos en el balcón, que atribuyo a alguna broma de mi amigo, es la hora perfecta para ver el amanecer y el único momento del día en el que es posible contemplar la silueta íntegra del monte Kinabalu.

Eso sí, no siempre se puede ver. Julian ya ha avisado que es probable que desde primera hora de la mañana haya un gran mar de nubes envolviendo la cumbre y además, el clima tropical es tan impredecible que aunque las previsiones sean buenas, siempre puede aparecer una tormenta y arruinarte la vista. Pero hoy parece que tenemos suerte y la climatología es perfecta.

Con los ojos aún entrecerrados me levanto y corro la cortina. De frente, impasible, el Kinabalu parece resurgir entre la penumbra. Echo una ojeada a mi alrededor. Los demás huéspedes se agolpan en sus respectivos balcones ataviados con mantas para protegerse del frío nocturno. Algunos de ellos han sacado sillas del interior de la habitación y las han instalado fuera, para mayor comodidad. Todos aguardamos en silencio el progreso de la escena.

lrfAmanecer Kinabalu

Es muy difícil describir lo que presenciamos aquella madrugada. La noche iba desapareciendo poco a poco y daba paso a unos rayos que clareaban el horizonte y dibujaban una silueta recortada. Cualquier foto tomada en ese momento jamás hará justicia a la explosión de luz y color que estalló aquella mañana en este rincón tan apartado del mundo. Con los ojos ahora abiertos al máximo, y la mirada perdida en el infinito, aguardé a que el Sol acabara su trayectoria tras el escenario del Monte Kinabalu y la espesura de la selva de Borneo.

Panorámica del Kinabalu al amanecer

Panorámica del Kinabalu al amanecer

Durante algo menos de veinte minutos que duró el amanecer, nadie de los que allí estábamos fue capaz de emitir una palabra y tan solo cuando el Sol brillaba firmemente sobre la parte oeste de la montaña y nos decía que el espectáculo había finalizado, esbocé una sonrisa y fui consciente de la suerte que tenía por haberlo contemplado.

Amanecer Kinabalu3

“Gracias por la bromita de anoche, conseguiste asustarme” – dije a Julian. Vi como su cara se tornaba en una interrogación. “Me refiero a los ruidos y los arañazos en el cristal” – añadí. Julian me miró, rió y dijo: “Estás en medio de una de las junglas más peligrosas del mundo, escuchar sonidos cuando estás refugiado es lo mejor que te puede pasar” y se marchó, no sin antes aprovechar la ocasión para plasmar en una fotografía la temerosa cara que se me había quedado y recordarme que había llegado la hora de cambiar mis “vans” por un calzado adecuado para la larga caminata que nos esperaba.

Escalar el Monte Kinabalu es el objetivo del día, y si bien se trata de una montaña técnicamente fácil y no es necesario ser un alpinista profesional, sí que es recomendable tener una forma física bastante buena para aguantar la exigencia del desnivel y la altura hasta llegar a la cima a 4.095 metros.

Nos esperan unos 6 kilómetros de recorrido hasta el campamento base de “Laban Rata”, donde pasaremos la noche. A priori, me pareció  que no era mucho, pero entonces Julian  me recordó que en esos pocos kilómetros ascenderíamos a una altura de 3.272 metros y remontaríamos un desnivel de 1.400, quedándonos aún otros casi 1000 más que separan el campamento base de la cima.

De nuevo en el coche y mientras dejamos atrás el maravilloso paraje del Celyn Resort, Julian nos explica que existen dos puntos de partida para el ascenso. Uno está situado en “Kinabalu Park Headquarters”. Es la ruta más corta y la que utiliza la mayoría de los montañeros por las inmejorables vistas. La segunda opción está en “Mesilau Nature Resort” y, a parte de ser un recorrido ligeramente más largo y exigente, es una elección más apropiada para aquéllos que prefieran detenerse a ver y fotografiar flora y fauna autóctona.

Unánimemente optamos por salir desde “Kinabalu Park Headquarters”. Una vez allí, tras hacer el papeleo pertinente y pagar, se presentó ante nosotros Johnwin Palit, un simpático malayo de unos 35 años que sería nuestro guía en el ascenso. Sin poder dejar de observar el desordenado bigote que se le cuela en la boca al hablar, escucho como nos da las indicaciones precisas. Disponemos hasta el anochecer para llegar al campamento base, un tiempo más que generoso en el que podremos tomar fotos y parar a descansar cuando las fuerzas flaqueen.

Orgullosos nos colgamos el “badge” que nos acaban de entregar, como si fuera a permitirnos entrar y corretear entre las bambalinas de la mejor obra de teatro. A partir de la “Timpohon Gate“, donde comenzamos a andar envueltos en una densa niebla, distingo un húmedo paisaje poblado de grandes helechos, musgo y flores de diversos colores. Aparece entonces el sonido de un curso de agua precipitándose al vacío y nos acompaña hasta que llegamos a visualizar la cascada “Carson Fall“.

El sendero, que se torna en piedras y eventualmente en altos escalones de madera, emprende un ascenso notable a partir de este punto. La vegetación cambia totalmente y la tundra que ahora se extiende ante mi, confiere un horizonte un tanto fantasmagórico. Empiezo a notar el cansancio mientras observo las fornidas piernas de nuestro guía y me pregunto cuantas veces habrá subido esta montaña.

Hemos cogido buen ritmo y no nos ha hecho falta parar hasta el kilómetro 5, en el que Johnwin Palit nos sugiere hacer un alto. Sentados sobre unas piedras y recargando fuerzas, vemos como un grupo de chinos pasa por delante de nosotros. Me fijo en que algunas de las chicas calzan sandalias y llevan ropa poco apropiada, teniendo dificultades para sortear algunos baches del camino e incluso tropezando. Si se hubiera tratado de otra nacionalidad, probablemente me hubiera extrañado enormemente, pero después de un viaje que hice al interior del país más poblado del mundo, de convivir con ellos y aprender su cultura y sus costumbres, me seguí comiendo mi barrita energética sin el menor atisbo de sorpresa.

Son algo más de las 14.30 cuando llegamos a Laban Rata. El sitio no parece muy acogedor, quizá esperaba encontrar una bonita casa fabricada con troncos de madera como en la que vivía el abuelo de Heidi. Es cuando nos dicen que los bungalows no disponen de ducha ni calefacción, el momento donde definitivamente la idílica imagen de mis pensamientos se desvanece.

Antes de desaparecer por los pasillos del refugio, nuestro guía nos informa que deberemos levantarnos a las 02:30 de la madrugada. Hay que completar la última parte del ascenso, que nos llevará hasta la cima de Low’s Peak, antes del amanecer. Aún es temprano y queda algo de luz, así que aprovechamos para salir a inspeccionar la zona y hacer algunas fotos antes de cenar.

Cuando Johnwin Palit toca a la puerta de la habitación no sé ni donde estoy. Tengo la cabeza pesada y tardo unos segundos en ubicarme. La idea de haber elegido una playa paradisíaca en vez de un viaje en el que llevo dos días sin apenas dormir, surge por un micro segundo en mi mente. Pero cuando saco de mi mochila la camiseta que me pondré para el ascenso, las millones de llamitas que alimentan mi espíritu aventurero prenden en mi interior.

Me la ha regalado mi amigo Jorge, de Madrid. Un incansable viajero y montañista que me instruyó y dio todas las pautas necesarias para ascender el Kinabalu. Él me dijo que subir una montaña no es sólo un acto físico, sino mental, y que por mucho que el cansancio poblara mi cuerpo, nunca dejara de poner un pie delante del otro. Cuando nos despedimos también mencionó, entre risas, que siempre llevara ropa interior limpia por si había algún accidente y debía ir al médico.

Es noche cerrada y varios grupos nos ponemos en marcha. Provistos con linternas, formamos una hilera humana con un mismo objetivo: recorrer los 3 kilómetros que nos separaban de la cima de Borneo. En este punto, explica el guía, tenemos tres recorridos para ascender hasta la cumbre:

  • Circuito Low’s Peak: es necesario tener una condición física bastante buena. Se trata de una ruta de entre 4 y 6 horas (1.2km) con unas espectaculares vistas. Tenemos también multitud de puntos de descanso para sacar fotos y tomar un respiro. Hay que atravesar un puente colgante a 3.600 metros de altura y escalar por la vía ferrata más alta del mundo.
  • Circuito “Walk the Torq”: la característica más especial de este circuito es que para llegar a la cumbre hay que atravesar un “Monkey Bridge” o puente de cuerda, una tirolina, y también tenemos que caminar por una viga  suspendida en las alturas.
  • Circuito Normal: Es el recomendado para todo el mundo, el más transitado de los tres y el que menos dificultad entraña.

Habíamos acordado que nosotros transitaríamos por el circuito normal. Conforme avanzamos, la temperatura desciende y una sensación gélida recorre mi cuerpo. Me maldigo por no haber incluido en la maleta algo de ropa mas abrigada entre los pantalones cortos y bañadores que elegí para el calor tropical de Malasia.

Empinados escalones, raíces, barandillas y cuerdas sobre la piedra de granito forman parte del oscuro escenario, tan solo alumbrado por la luz que las frontales de nuestra cabeza proyectan en el camino. Me detengo un segundo a recuperar aire, pues los efectos de la altura hacen que note una ligera sensación de mareo. Julian, detrás de mi, me pregunta si todo esta bien y me impulsa sorteando las múltiples rocas que siembran los últimos metros del camino.

Faltan aún unos minutos para el amanecer cuando la característica silueta de “Low’s Peak”, que tantas veces antes había visto en fotos, aparece ante mis ojos. Mientras el cielo se va llenando de rojos y azules que empujan sutilmente el estrellado techo que cubre la noche, el fuerte viento me susurraba al oído que sí, que lo había conseguido, estaba en la cima y era el particular “rey del mundo” de un Titanic que había navegado hasta aguas del sudeste asiático.

Dice Paulo Coelho en su manual para subir montañas que una vez alcanzada la cumbre, cuando te das cuenta que posees una gran fuerza que no conocías, hagas la promesa de utilizarla a partir de ahora durante el resto de tus días. Los rayos de Sol comienzan a derretir lentamente las capas de hielo sobre la roca y se forman pequeños hilos de agua que brillan bajo la luz. En ese instante me comprometo a vivir mi vida con la fortaleza y solidez con la que he tenido que escalar esta montaña.

Son las 06.30 y comenzamos la bajada. Hay que deshacer los 9 kilómetros que hemos peregrinado en dos días. Dejamos atrás un lugar que será siempre testigo de nuestra proeza. Hace algunas horas que no siento las manos ni los pies, mis rodillas se resienten y miles de agujas se me clavan en los aductores. Creo que es en este punto donde el cansancio acumulado grita fuertemente en mi interior, aunque mi cabeza, fríamente, le ignora espetando que, sin duda, ha merecido la pena.

Johnwin Palit nos da la mano amablemente y se despide con un “hasta la vista”. Me doy cuenta que he cogido cariño a este gracioso personaje y que nunca olvidaré algunas de las cosas que nos ha enseñado en este tiempo. Estamos en la oficina principal del Parque Nacional, esperando para recoger nuestras certificaciones y pagar unas últimas tasas.

Miro a mi alrededor. Un cartel anuncia el próximo Climbathon, una carrera para ascender el monte Kinabalu cuyos orígenes se remontan a la intención de crear un equipo de profesionales capaces de transportar rápidamente a montañistas lesionados, algo especialmente útil cuando el mal tiempo no permite el uso de helicópteros. El Climbathon, que comenzó en 1987 y un año más tarde se abrió a participantes internacionales, cuenta con presencia española en la lista de primeros puestos.

Soñando con la idea de fijarme un próximo objetivo, firmo algunos papeles “dando fe” que he regresado sin percances. Julian se acerca a mi, me coloca una medalla en el cuello y me dice: “Has llegado, ascendido y conquistado. Enhorabuena”.

¡Sí! ¡Me siento feliz!

Si estáis pensando hacer un viaje a Borneo y escalar el Kinabalu, os recomiendo acudir directamente a la página oficial del Monte Kinabalu donde podréis encontrar más información. A no ser que se tenga la suerte de contar con amigos malayos y que conozcan la zona, comprar los paquetes en el sitio oficial es la mejor garantía de que vamos a recibir el servicio por el que pagamos, sin cargos añadidos y con todo lo que vamos a necesitar para realizar el ascenso.

Igualmente, si os hace falta equipamiento y/o consejos sobre carrera de montaña y vivís o pasáis por Madrid, no dejéis de visitar a Jorge y Marga, mis amigos de Madrid Trail, que además de tener todo el material especializado que podáis imaginar, son unos montañeros simpatiquísimos que estarán encantados de asesoraros en todo lo que puedan.

Cada lugar del mundo tiene algo que lo hace particular y lo diferencia de los demás. Esta isla del Mar del Sur de China es especial porque irradia vida y misterio. No importa en qué punto de Borneo me encuentre, puedo estar caminando por las desoladas aceras de la ciudad más remota, contemplando el horizonte desde la cima del monte más alto, o puedo hallarme sobrevolando su frondosa jungla llena de lugares inexplorados, recorriendo las carreteras más inhóspitas o siguiendo los miles de senderos que conducen a ninguna parte. En todo momento, no importa donde esté, no dejo de percibir la sensación de que a pocos pasos de mí, aun perfectamente camuflado, todo lo que me rodea está vivo…

 

Parte 1 | El majestuoso Monte Kinabalu (I): explorando Kinabalu Park

Fotos vía Thebohemiantraveller.com | bluefuton | erwinb | ericlbc | pmorgan | Dicky | Dickson | Stéphane Enten | Chris Kasey| Sam Thomas| Salla| Martina Donkers| C Kheong Lim|

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