Júpiter entre manglares: la luz de Puerto Rico

Existen mil razones por las que recordar un viaje a Puerto Rico y una sola para no olvidarlo jamás. Las aguas de Laguna Grande duermen plácidamente y enmarcan en un lienzo perfecto el reflejo del manto estrellado.  Tan sólo el sonido de los remos consigue quebrar el silencio de la noche.  Júpiter me dispara desde lo alto y su luz inunda mis pupilas impidiéndome apartar la mirada. ¿Cómo he llegado hasta aquí?

El Kia Sedona recorre al ritmo de Phil Collins y su You can´t hurry love la costa Norte de Puerto Rico a través de autopistas dignas de cualquiera de los estados americanos aunque en ocasiones se abren paso sinuosas carreteras secundarias más propias de otros países vecinos caribeños como Haití o Cuba.

Esta antigua colonia española hoy se erige como Estado Libre Asociado de los Estados Unidos de América  y a pesar de guardar celosamente sus raíces hispanas, incorpora numerosos elementos “made in USA” que le confieren un estilo propio resultante de la unión entre las dos culturas.

Las antiguas casas coloniales de San Juan con sus balcones sobresalientes repletos de plantas o los edificios públicos pintados en tonos pastel nos recuerdan que estas tierras una vez formaron parte de nuestras provincias. Pero la presencia continua de grandes marcas representativas y superficies comerciales que se amontonan cada pocos metros a los lados de la carretera nos hacen sentir que pisamos suelo americano, por si se nos olvidaba.

Hace algo más de una hora que he dejado atrás las lujosas comodidades del Ritz- Carlton Reserve en Dorado Beach para poner rumbo hacía el Este donde a unas cincuenta millas se encuentra Fajardo, un municipio que posee una de las pocas bahías luminiscentes del mundo y a la que me dirijo para explorar de noche.

Las indicaciones de salida hacía el parque nacional El Yunque comienzan a aparecer a medida que nos acercamos a la parte oriental de la isla. Este bosque que he visitado hace unos días me recordó a priori a la jungla de Kutai en Indonesia, pero incorpora entre sus más de 240 especies el helecho gigante, únicamente localizable en las Antillas. Además tiene la peculiaridad de ser uno de los lugares conocidos más lluviosos del planeta. Y doy fe.

El sol se ha escondido hace rato cuando emerge un pequeño barrio pesquero a orillas de la bahía Las Croabas, nuestro punto de partida. Numerosos establecimientos ofertan “el mejor pescado fresco de Puerto Rico” y no puedo evitar pensar en la cena de anoche. Solamente un genio como José Andrés puede combinar ingredientes con tal maestría y crear un plato de ceviche que se convertirá en el sabor de mi viaje.

Bradley, un simpático puertorriqueño que habla un español lleno de anglicismos, se presenta estrechándome la mano vigorosamente y me indica que debo firmar varios consentimientos antes de recoger el kayak y partir hacía Laguna Grande.

Escucho su voz en off explicando todas las pautas a seguir mientras intento concentrarme en lo que pone el papel. Las esperanzas de poder inmortalizar esta aventura se desvanecen. Tanto las cámaras de fotos como el dron y la Go-Pro deben quedarse en tierra. El plancton luminoso, que se activa con el movimiento, sólo se distingue con el ojo humano y cualquier intento de captarlo en fotografía o vídeo sería en vano.

– Tenemos un kilómetro remando a mar abierto. Este es el tramo más complicado ya que la corriente nos empujará hacía la costa, pero una vez entremos en el canal las aguas se calmaran  – dice Bradley.

El recorrido hasta llegar a Laguna Grande es de unos tres kilómetros. Aunque no es la primera vez que hago kayaking y no hay ningún peligro, me sorprendo al encontrarme algo inquieta ante el desafío de hacerlo completamente a oscuras en un lugar desconocido.

Christian, un segundo guía menos dicharachero que se posicionará en la cola de embarcaciones, me entrega el remo y se cerciora que mi chaleco salvavidas está bien abrochado.

– La Luna hoy es grande con lo que será más fácil visualizar el camino – comenta Bradley mientras se coloca un collar fluorescente que emite un tenue brillo verdoso.

– Iré siempre a la cabeza y esta luz les servirá de indicador en caso necesario – añade.

Me cuesta creer que esa lucecita de discoteca perdida en la oscuridad me ayudaría a encontrarme en este lugar nebuloso cuya iluminación proviene mayormente de las terrazas de los restaurantes circundantes.

El kayak del Bradley toma ventaja y comenzamos a formar una hilera de canoas tras él que se adentra unos metros en el mar Caribe mientras las luces de la costa se disipan en la lejanía.

Soy capaz de sortear con brío algunas olas, pero otras me revuelven hacia todos los lados y hacen que saboree la sal del agua que ahora flota conmigo. La misión de no romper la fila pasa a un segundo plano en mi lista de prioridades cuando atravesamos una zona repleta de grandes embarcaciones varadas.

Aunque la visión es ya prácticamente nula, acierto a leer “Sebastián”  escrito en un barco que yace inmóvil y hacia el que me arrastra la corriente. Consigo agarrarme a una gran cadena cubierta de herrumbre que se sumerge en perpendicular desde la proa y la utilizo para impulsarme y alejarme lo más rápido que me permite el remo y mi fuerza.

Unos minutos después la primera canoa se detiene. Nos encontramos frente a lo que me parece la silueta de una montaña no muy alta.

Ready? Vamos a entrar en el canal – nos informa Bradley.  Por favor griten mi nombre si tuvieran algún problema y acudiré en su ayuda. Recuerden que me llamo como ese actor de Hollywood tan famoso, Bradley Cooper.

– ¿Todo bien por allí, Christian? – añade alzando la voz.

– Sí, ok, ¡vamos! – responden a mi espalda.

Comenzamos a introducirnos por un canal de unos seis metros de ancho cuyas orillas están pobladas por cientos de manglares. Las raíces aéreas que salen de sus ramas y troncos se entrelazan infinitamente para inyectarse en el agua formando una impenetrable barrera que presumo es el refugio de varias especies de la fauna local.

Atravesamos un trecho con un hedor a podrido que según nos explica Christian se debe a la acumulación de minerales desechos en la base de los manglares, sobre todo del rojo.

Este olor me desconcentra y hace que pierda de vista el collar de Bradley. Cuando me quiero dar cuenta noto un leve impacto contra un ovillo de raíces que pretende atrapar mi embarcación.

Avanzamos a buen ritmo, ahora es mucho más fácil ya que no hay corriente, aunque el cansancio se empieza a apoderar de mis brazos. En algunos tramos la luna nos ilumina lo suficiente como para hacernos una idea de lo que tenemos alrededor, pero en otras partes del recorrido la penumbra es absoluta.

De pronto noto que algo salta dentro de mi kayak y me roza el pie izquierdo. No puedo evitar inquietarme al desconocer de qué puede tratarse y las imágenes de insectos tropicales o algún reptil acuático empiezan a desfilar por mi mente.

Bradley se ha acercado para ayudarme y aunque con su pequeña linterna no hemos encontrado nada, me informa que ha podido ser algún camarón o pez volador. Me quedo más tranquila aunque mi corazón sigue latiendo con fuerza.

Siento como todos mis sentidos se agudizan ante la imposibilidad de ver. Escucho una sinfonía de cantares que resuenan en el agua. Grillos, ranitas coquí y otros silbidos de los que prefiero no averiguar su procedencia forman una orquesta nocturna que me envuelve y acompaña hacía Laguna Grande.

Es increíble la cantidad de sonidos que puedes llegar a encontrar dentro del silencio y la belleza que se descubre tras el velo de la oscuridad.

 Me viene a la cabeza una palabra que mi profesor de mindfulness comentó en clase hace unos días: “nictofilia”, una rareza que tienen algunas personas por la cual el nivel de felicidad es mayor por las noches, donde encuentran un estado mental en el que la imaginación y creatividad se concentran.

Supongo que todos somos un poco nictófilos en ciertos momentos en los que encontramos algo más de comodidad, inspiración e incluso relax en horas tardías. De momento esta aventura nocturna me está enseñando que, aunque justamente es la antítesis de la realidad, no deberíamos tener miedo de lo que no vemos.

– Ok chicos! En la siguiente curva a la derecha habremos llegado y podrán contemplar el fenómeno de la bioluminiscencia. Los organismos que forman parte del plancton se activarán a nuestro paso. No olviden mirar por el fondo transparente de su kayak – comunica Bradley.

Y es entonces cuando los manglares suben el telón y comienza la función.

La hilera de kayaks se dispersa en la grandeza de esta pequeña laguna. Haces luminosos se encienden a cada movimiento de remo y prenden una hoguera blanco-azulada que rodea cada una de las embarcaciones.

Como en cada comienzo de obra cuando los focos cobran vida, estas aguas hechizadas nos representan un primer acto repleto de movimiento escénico.

Julio Verne hablaba de “navegar en un mar de leche” cuando narraba este fenómeno en sus aventuras a bordo del Nautilus, y no encuentro mejor forma de describirlo que tomar prestadas ahora sus palabras.

Pero si bajo el agua el espectáculo es imponente, al alzar la mirada te preguntas si no te encuentras navegando por una lámina de espejo. Miles de estrellas envuelven el techo de este lugar y aunque claramente la luna tiene el papel principal, me fijo en un secundario a su izquierda que le está robando protagonismo.

Júpiter me dispara desde lo alto y su luz inunda mis pupilas impidiéndome apartar la mirada.

En este preciso momento dejo de ser espectadora y comienzo a observar el mundo desde mi propio escenario, contemplando la realidad con los ojos de un poeta.

Un ligero velo de brumas pinta las laderas que envuelven Laguna Grande. En una de ellas brilla fijamente una luz blanca. El Faro de Las Cabezas de San Juan, herencia de la conquista española, se erige para indicarnos la parte noreste del cabo.

Bradley rompe el silencio de la noche y nos indica que debemos juntarnos. El eco de su voz reverbera hasta perderse en la lejanía. Quiere explicarnos qué es la bioluminiscencia.

Este espectacular fenómeno de la naturaleza es causado por la presencia de dinoflagelados en ciertas concentraciones de agua. Los organismos que forman el plancton liberan energía en forma de luz cuando son agitados, de ahí que se activen con el movimiento.

Unos niveles concretos de salinidad, la poca profundidad y la presencia de manglares permiten, entre otros factores, que Laguna Grande sea uno de los pocos lugares del mundo donde se produce la bioluminiscencia.

Bradley añade que esta maravilla natural se ve afectada por muchos factores externos como las corrientes marinas o la contaminación. Nosotros mismos estamos perjudicando este ecosistema al introducir las manos en el agua, ya que nuestro PH así como cualquier producto que llevemos en la piel actúan como un potente químico que daña estos organismos.

Antes de partir nuevamente hacia tierra firme y dejar atrás todo este atrezo de ensueño, Bradley nos anima a comprar ron Don Q antes de abandonar Puerto Rico, ya que parte de sus beneficios se destinan en la preservación de esta bahía y a la educación y concienciación sobre el ecosistema para generaciones futuras.

Inicio la vuelta con una energía que ha brotado repentinamente en mi y que acalla el cansancio acumulado. Guiada por ese reflejo de … ¿estrellas?, ¿plancton? que forma una estela alrededor de mi canoa desaparezco lentamente entre bambalinas.

No hay fotografías de esta aventura y supongo que ahora a parte de mi memoria sólo existen estas palabras para recordarlo. Pero en este viaje alguien me ha dicho que podemos retener momentos a través de lo que experimentamos con nuestros sentidos.

“ […] Después de muchos viajes puede que no sitúe cada templo que he visitado o que olvide en qué ciudad vi aquella escultura que llamó mi atención, pero lo que siempre me llevo son los sabores de la comida que pruebo”.

Evocar sensaciones para revivir situaciones pasadas me parece una idea estupenda. No sólo lo que vemos ha de permanecer a nuestro lado.

Oleré la tierra mojada de los senderos de El Yunke, saborearé ese ceviche a orillas del mar Caribe, escucharé el sonido del silencio en el misticismo de Laguna Grande y tocaré el agua aterciopelada de aquel colosal teatro donde pude contemplar la obra nocturna más maravillosa de todas: Júpiter entre manglares.

Jupiter entre manglares

Júpiter entre manglares

 

 

8 Comments
  1. Enhorabuena por el post. Realmente cumples tu propósito con este blog de transmitir un montón de sensaciones relacionadas con viajar.
    Me ha encantado leerlo.

  2. Muchas gracias por tus palabras Cristina!! Es todo un placer poder compartir mis viajes y que transmita tanto al lector. Muchas gracias por leerme!!

  3. Me has transportado a Puert Rico de una manera mágica.Sigue viajando y mostrándonos a través de tus palabras muchos lugares.
    Ah,y el ron Don Q lo traereis ahora en julio ,no? para hacer unas piñas coladas,aunque no saldrán tán buenas como las de allí,pero bueno.jejeje

  4. Muchas gracias Jaime!! Seguiré contando mis aventuras por el mundo. Las piñas coladas lo mejor de lo mejor, gracias por la recomendación!!

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