KANGDING, TIERRA DE BRUMAS

¿Alguna vez te has preguntado cuál es el lugar más extraño en el que has estado? Suelo hacer esta pregunta con frecuencia, me encanta escuchar historias de países remotos, ciudades fantasma o pueblos abandonados, sin embargo, nunca he tenido claro cuál era ese sitio para mí. Podía haber estado en lugares lejanos y exóticos pero nunca había supuesto un esfuerzo situarlos en el mapa, nunca había llegado a preguntarme ¿Cómo he llegado? ¿Qué hago yo aquí?

Fue cuando llegué a la ciudad de Kangding (Dartsendo en tibetano), ubicada en el centro de la República Popular de China, en la provincia de Sichuan, casi 2000Km al Oeste de Shanghái, cuando supe la respuesta que había estado buscando. Definitivamente era el lugar más extraño en el que había estado jamás.

Quizá fueron las inexplicables casi 16 horas de autobús desde la ciudad de Chengdú, situada a poco más de 300Km, lo que me puso en alerta sobre el sitio al que me encaminaba. Un trayecto donde viví en primera persona la aventura que puede representar adentrarse en el interior de China  y algo que los viajeros que se limitan a las ciudades más turísticas se acaban perdiendo para bien o para mal.

Sentir que el peligro se sienta a tu lado, no ser capaz de entender ninguna explicación o indicación, carreteras imposibles en muy mal estado, desperdicios y basura acumulada en los asientos e, incluso, una mujer con un bebé nacido hacía horas eran constantes compañeros de trayecto. Tenía la certeza de que si en ese momento me ocurriese algo a nadie le importaría. Al fin y al cabo, ¿qué son unos cuantos chinos menos en un país que supera los 1.300 millones de personas?

El ver como un niño descalzo de unos 12 años cambiaba las ruedas del autobús en el que yo viajaba bajo la atenta mirada de su padre, sentado en una piedra y masticando una pata de pollo, fue lo que hizo que cuestiones como ¿por qué no nos han desalojado del autobús antes de empezar a cambiar las ruedas? o ¿por qué cambian las ruedas en mitad de un trayecto con pasajeros? fueran banalidades frente a la cuestión de por qué había decidido visitar ese lugar que distaba tanto de mi tierra conocida.

Al llegar a Kangding hay un sentido tangible de que has llegado al fin del mundo de la etnia china y el comienzo de la tibetana. Se la conoce como “la puerta al Tibet” ya que este pueblo-ciudad de unos 100.000 habitantes ha sido siempre un centro de comercio entre las dos culturas.

El paisaje que nos muestra es atípico. Los grandes murales budistas pintados sobre las laderas de las montañas y las cientos de banderas multicolor llenas de deseos que invaden las calles de la parte tibetana, se ven eclipsadas por las centrales eléctricas que se han instalado en la zona y de las que depende en gran parte la economía de la ciudad en la actualidad.

Las sonrisas de los monjes budistas se mezclan con las miradas de desconfianza y extrañeza de una población china que pocas veces ha visto a un viajero occidental caminar por aquellas tierras y que aún conservan en su interior el legado de un pasado difícil.

El color rojizo de los bellos templos budistas contrasta con el hormigón de los bloques de pisos que se amontonan en la parte baja de la ciudad. La belleza natural de un entorno circundado por montañas próximas al Himalaya y algunas de las más altas del mundo como Minyak Konka de 7556 metros, se ve disipada por una ciudad grisácea y triste.

Algunos de los rincones que Kangding esconde son Zhilam hostel, un pequeño establecimiento a las afueras regentado por una pareja americana a la que es imposible no preguntarles el por qué de su asentamiento en aquel lugar tan diferente a Estados Unidos; Ā’Rè Tibetan Restaurant, un auténtico restaurante tibetano donde la música popular y la decoración tradicional te acompañan mientras degustas el plato típico de carne de yak y un peculiar aeropuerto con tan solo dos vuelos diarios, que se sitúa a 4280 metros sobre el nivel del mar rodeado por montañas nevadas que dificultan su acceso.

En esta ciudad donde te sientes tan lejos de todo lo conocido, es difícil encontrar a alguien que hable inglés o que, incluso, sea capaz de entenderte con gestos; es difícil encontrar algo de comida que reconozcas de “tu mundo occidental”; es difícil acostumbrarse a no tener luz o agua corriente en los hostales; es difícil no mirar a tu alrededor, observar las grandiosas montañas que envuelven la ciudad, los mil colores de las banderas tibetanas, los singulares templos budistas,  y no pensar ¿qué estoy haciendo yo aquí? Y es entonces cuando una “bhikkhuni” (mujer budista) que está recogiendo frutos del suelo te ofrece todo lo que tiene, te muestra su mejor sonrisa y su mirada limpia en la que no encuentras más que paz

No sé cómo ni por qué estoy aquí, pero tampoco me importa…

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