Merci Bruselas!

Aún me sorprende encontrar el cielo plagado de nubes incluso en el mes de agosto. El copiloto anuncia que empezamos a descender hacía el aeropuerto de Bruselas en el que aterrizaremos en unos veinte minutos. A medida que perdemos metros de altitud, los rayos de sol se disipan entre cúmulos que llenan de gotitas la parte exterior de la ventanilla formando lágrimas de lluvia.

El Atomium aparece dándome la bienvenida a casa. Nueve esferas que emulan un átomo de hierro y representan las nueve provincias que alberga este país. Los haces de luz se reflejan en el acero pulido y proyectan una imagen vibrante que destaca desde este punto de vista aéreo.

Después de casi 14 horas de vuelo desde Tokio emerge de nuevo el mundo occidental, todo aquello a lo que estamos acostumbrados y que después de lo que llaman un gran viaje tantas ganas tenemos de recuperar.

Pero hoy la llegada a esta ciudad se tiñe de una cierta melancolía ya que el país del sol naciente se ha convertido en testigo de una decisión que cambiará de rumbo mi veleta y me alejará del que ha sido mi hogar en los últimos cuatro años.

Japón me ha enseñado muchas cosas.  Tuve la ocasión de hablar con un monje que compartió algunos principios del budismo conmigo. – “Los occidentales nunca disfrutáis del presente, os empeñáis en vivir  del pasado y hacer planes para el futuro. Por eso os cuesta tanto encontrar lo que llamáis felicidad” – me decía.

En el budismo es fundamental dominar el arte de la apreciación del entorno o como llaman los japoneses el wabi-sabi. Si dominas el wabi-sabi, el mundo se convierte en un lugar extraordinario donde cada cosa que sucede por pequeña que sea, nos proporciona un estado en el que nos sentimos completamente vivos y felices.

Daiji, con el que siento que podría estar conversando horas, me comenta que todos activamos nuestro modo wabi-sabi cuando viajamos, cuando se trata de descubrir lugares con los ojos bien abiertos y de esta forma es como deberíamos vivir siempre.

Aunque desde aquel encuentro me entreno estrictamente día a día  en seguir los pasos que me enseñó este maestro, no puedo evitar echar la vista atrás mientras ahora recorro los pasillos del aeropuerto en el que he pasado tantas horas en los últimos años.

Múltiples recuerdos comienzan a vagar por mi cabeza. Los comienzos no fueron fáciles. Nunca llegaba Bruselas a calarme tan hondo como otras ciudades en las que había vivido. Me costaba acostumbrarme a la penumbra que reina en los meses de invierno, la humedad constante incluso en verano o el contraste en la manera de vivir.

Durante los primeros meses buscaba desesperadamente las formas de ocio a las que estaba acostumbrada y que este lugar no me ofrecía. Echaba de menos el sol, que se deja ver con poca frecuencia haciendo que la vida exterior sea escasa durante la mayor parte del año y propiciando que las personas se relacionen de una manera más individualista y distante.

Los planes de domingo para ir a la playa o merendar con amigos se tornaban en jóvenes organizando brocantes y pasando buena parte del fin de semana negociando precios para todos aquellos objetos de los que pretendían deshacerse en esta famosa costumbre belga.

-¿Qué tal has pasado el fin de semana? –Pregunté a mi compañero de trabajo belga de 23 años.

–Mi novia y yo fuimos a comprar muebles y ya están todos montados –me respondió con ímpetu.

–¡Super! –contesté yo-, utilizando la expresión frecuentemente empleada en Bélgica cuando algo les parece guay y asumiendo que lo más interesante del sábado había consistido en comerse un perrito caliente de Ikea a 50 céntimos de euro.

Sí, al principio echaba enormemente de menos un lugar alegre como Ibiza, una capital llena de color como Madrid o una urbe más grande como Toronto.  La rutina diaria entre la oficina, las clases de francés y cursos de yoga se veía constantemente salpicada por viajes a múltiples destinos que me daban un respiro liberándome de esas murallas belgas en las que me costaba encontrar mi sitio.

Pero todo en la vida es cuestión de timing y a diferencia de otras ciudades con muchos estímulos externos que enamoran desde la primera visita, Bruselas es un amante que va calando poco a poco. Me ha costado quererla y sólo lo he conseguido cuando he logrado entenderla.

Te descubre lugares escondidos entre pequeñas callejuelas de piedra. Oculta mensajes en forma de escultura que si estás atento puedes descifrar al visitar la Gran Place. Cubre de luces multicolores cada rincón durante la navidad y, si eres bueno, te regala mandarinas y chocolates con la llegada de San Nicolás cada seis de diciembre.

En ocasiones sortea al azar días de sol y buenas temperaturas incluso en el mes de octubre y pacta una tregua con la lluvia si se lo pides. Éstas son sus reglas. Si las aceptas, este lugar se convertirá en un acogedor y perfecto escenario hygge, donde cultivar el bienestar y la felicidad.

Bultos de diferentes colores y tamaños se suceden ante mis ojos cuando vuelvo al presente y me veo frente a la cinta esperando mis maletas. Siento un estremecimiento que recorre todo mi cuerpo y acaba con un pinchazo agudo en mis entrañas. Es ya una sensación conocida.

Desde aquel fatídico día 22 me es imposible pasar por aquí y no pensar en esas enormes cristaleras estallando en mil pedazos, en la estatua de bronce que daba la bienvenida al aeropuerto desfigurada por la metralla, en esos amigos que estaban allí y cuyo vuelo se canceló para siempre.

Una abarrotada Plaza de la Bolsa rinde tributo a los fallecidos en los ataques. El penetrante olor a cera fundida se entrelaza con un cántico entonado por una masa homogénea en la que musulmanes y cristianos sujetan los extremos de la bandera belga ondeante al gélido viento de marzo. Hoy somos iguales. Hoy todos estábamos en el aeropuerto y en la estación de metro de Maelbeek.

Sin duda este hecho será imposible de olvidar para los habitantes de Bélgica pero con la misma fuerza que han demostrado épocas atrás para salir adelante frente a países invasores y con múltiples iniciativas que han surgido, como Sprout to be Brussels, un movimiento desde el que se pretende restaurar la normalidad para los que viven, trabajan y visitan la ciudad, conseguirán calmar una situación que a día de hoy sigue ligeramente marcada por la huella del terrorismo.

De camino a casa llego hasta la rotonda de Schuman, donde se encuentra la Comisión Europea. Un policía me indica que debo desviarme y me señala una calle donde una fila de coches aguarda turno para moverse.

<<Ahora sí que estoy de vuelta>> – pienso-.  Y es que en esta ciudad los atascos adquieren un nivel superlativo que conozco demasiado bien.

Bruselas siempre aparece en los rankings mundiales con peor conducción y mayor pérdida de tiempo en tráfico. Durante años consecutivos se posiciona incluso por delante de París y su temido périphérique. Un sistema antiguo de vías y arterías unido a un uso generalizado del vehículo para los desplazamientos configura kilómetros de retenciones en el día a día.

Pero esta vez parece ser rápido. Es una de esas ocasiones en las que detienen toda la ciudad para abrir paso a algún coche oficial. ¿Cuántos aviones habré perdido por este motivo? Se trata de un factor sorpresa que no puedes prever a excepción de los jueves cuando se celebra el Euro Top y sabes que es mejor cambiar el coche por la Villo, el sistema de bicicletas compartidas.

Es asombroso ver a familias paseando en Villo los fines de semana pese al frío y la lluvia. Niños cuyo plan favorito es pedalear junto a sus padres o ejecutivos que salen del Parlamento Europeo y en la Plaza de Luxemburgo se ajustan a los tobillos bandas protectoras fosforescentes en los trajes de Hugo Boss para desplazarse a sus reuniones, sosteniendo un paraguas  con la mano izquierda cuando es necesario.

Sí, reconozco que Bruselas a priori es un entrante algo frugal, pero si esperas al postre concluyes con un sabor de boca de haber degustado un menú de restaurante con estrellas Michelin. Son los caminos más arduos y los viajes más intrépidos los que nos enseñan el verdadero valor de las cosas.

Acostumbrada a sociedades consumistas en las que la mayor parte del ocio gira en torno a los centros comerciales, aquí es difícil encontrar una gran superficie llena de tiendas. En su lugar, las calles te ofrecen pequeños comercios que cierran a una hora muy temprana y donde lo esencial es el bienestar del trabajador. Esta medida respecto a los recursos humanos se ha extendido a las cientos de empresas y compañías que han establecido aquí su sede, y todo ello ha configurado una cultura en la que la unidad familiar es una prioridad para los habitantes.

El albergar instituciones como el Parlamento y la Comisión Europeos, hace de Bruselas un crisol donde confluyen nacionalidades de diferentes países del viejo continente que, junto a la comunidad africana existente fruto de las antiguas colonias, confiere una ciudad multicultural repleta de expatriados que aportan un color y un sonido que escasea en épocas estivales o fiestas.

Definitivamente echaré de menos esas conversaciones con amigos de cualquier parte del mundo que empiezan en inglés, siguen en francés e, incluso acaban en español o flamenco sin darle tiempo a tu cerebro a pensar que estás constantemente cambiando de lengua y creando frases que recogen palabras en varios idiomas distintos. Ésta es la magia de la capital belga.

En cuanto giro el pomo y abro la puerta me recibe ese característico olor de casa cerrada que da la bienvenida a la realidad tras varias semanas ausente. Luego te saluda también la sensación de bienestar del regreso, en la que piensas <<¡sí, todo ha salido bien!>> y empiezas a asimilar lo ocurrido durante el viaje y cómo esta experiencia te ha cambiado.

Siempre digo que cada viaje es una vida pequeñita. Nos hace evolucionar en un marco de tiempo asequible y darnos cuenta que la persona que regresa es distinta a la que hizo las maletas.

Vuelvo a saborear esa melancolía que me ha invadido al aterrizar y siento una necesidad enorme de subir al piso de arriba. Salto con velocidad los peldaños de madera de dos en dos y rápidamente abro una ventana. Un soplo de aire fresco se cuela mientras Bruselas aparece ante mis ojos.

Siempre ha sido este ático mi parte favorita de la casa. Un lugar que se ha convertido en mi escondite y donde la luz que entra por cada una de las seis ventanas se refleja en un cristal de cuarzo pintando las paredes y las vigas de madera que atraviesan la estancia con miles de colores en continuo movimiento.

Frente a mí, el colosal Arco de Triunfo del Parque del Cincuentenario y la Plaza Jourdan. A mi izquierda se abre paso el Espace Léopold albergando el complejo de edificios que forman el Parlamento Europeo. Varias iglesias de estilo gótico se amontonan en el lado derecho. Bruselas aparece ante mí como el reino emerge ante su rey cuando éste lo contempla desde el castillo de la colina.

Oigo el sonido del tren y adivino que en breve pasará el de la tarde que une Luxemburgo con la estación de Etterbeek. Una vieja locomotora del SNCB cruza ante mis ojos creando una línea infinita de color rojo que se suspende por momentos en el marco del tiempo haciéndome percibir el movimiento que transforma el presente y lo convierte en algo desaparecido.

Pienso que la vida es como ese tren cuando me encuentro pidiendo tiempo para disfrutar “un poco más” de Bruselas: el restaurante en el que nunca comí, aquel parque al que siempre quise ir o ese amigo al que nunca pude visitar.

Las etapas se suceden nos demos cuenta o no y la realidad es que no podemos frenarlas aunque sí disfrutarlas al máximo. Cuando nuestras vidas den un cambio de rumbo, entonces debemos bailar al unísono con ellas.

En ocasiones preferimos no tocar esa realidad por comodidad y porque nos da miedo el cambio viviendo encadenados a la rutina, pero si nos atrevemos a dar un salto al vacío quizá nos demos cuenta que el mejor regalo de todos está tan cerca o lejos como lo está tomar una decisión.

Ahora que mis horas están contadas en Bélgica me doy cuenta que conforme el tiempo pasa, me va enseñando que existen momentos y experiencias que nos cambian por completo e inspiran quienes somos en realidad. Estas aventuras no suceden en casa. Una vida plenamente vivida supone moverse del sitio habitual y explorar nuevas fronteras. Mis huellas van formando un sendero por el mundo, y mi mochila se va llenando con trocitos de lugares y personas que me hacen ser quien soy.

Por eso te quiero dar las gracias Bruselas, por mostrarme tu lado oculto y formar parte de lo que hoy soy.  Por las risas y sonrisas, por los momentos buenos y malos, por mostrarme que es posible pensar abiertamente y aceptar la realidad como se nos presenta aprendiendo a ser agradecidos y perdonar incluso a los no arrepentidos.

Gracias por ser testigo de los cientos de gofres y kilos de patatas fritas que se han comido con todas las visitas que te han elegido en sus calendarios de vacaciones. Por aquellos que han repetido varias veces y por los que vinieron en el último momento convirtiéndose en el broche de oro.

Me has enseñado que los días grises no son tan grises y que la lluvia no te moja si abres el paraguas.

Cierro los ojos y la ciudad desaparece ante mí. El sonido de la locomotora se difumina y concluye en la lejanía. Siempre estaré aquí en este preciso momento. Siempre estarás ahí, Bruselas, en todos y cada uno de mis momentos.

Fotos vía Thebohemiantraveller.com

 

 

16 Comments
  1. Me ha encantado tu post. Una pena que no pudiéramos vernos el verano del 2015 allí. Espero que donde vayas encuentres tu sitio como finalmente lo has hecho en Bruselas. Buen viaje!

  2. Bea, millones de gracias por leerme! Me alegra que te haya gustado y hayas disfrutado. Ha sido una etapa muy bonita y quería plasmarlo en palabras. Sí, una pena no haber coincidido, pero te espero en Chicago por si te ánimas a conocer esta ciudad. Un abrazo inmenso!

  3. Y gracias otra vez! Es maravilloso que la gente disfrute con una historia que has escrito con el corazón. Seguiré contando más! Un abrazo muy fuerte!!!

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