Una Navidad en Bruselas: pasando las fiestas fuera de casa

Pasar la navidad en Bruselas o en cualquier otro país extranjero puede ser una experiencia muy enriquecedora, pero al mismo tiempo puede exacerbar tus sentimientos de añoranza de ese lugar al que perteneces y en el que sientes que has de estar para que todo sea “como siempre”. Las diferencias de costumbres y tradiciones nos transportan hasta los años en los que las vacaciones comenzaban un 22 de Diciembre y teníamos por delante días repletos de ilusión, comidas, amigos y familia. Momentos llenos de felicidad que culminaban en aquel 7 de Enero donde todo parecía distinto con juguetes nuevos o ropa recién estrenada.

Hoy las cosas son algo diferentes y muchos de nosotros nos debemos repartir entre nuestro país, al que volvemos con ganas locas de retomar temporalmente nuestro pasado y donde nos da la impresión de que nada ha cambiado desde nuestra partida, y aquel otro al que por diferentes motivos nos hemos desplazado para vivir una etapa de nuestra vida.

En mi caso, Bélgica es el país que resta días a mi estancia en España. Son mis segundas navidades en este lugar donde recibiré el año nuevo. Hoy, me encuentro paseando por las calles de Bruselas con mi amigo Laurent, que me muestra los rincones más escondidos de su ciudad y comparte conmigo las tradiciones de estos días. Cámara en mano y atentamente escuchando sus palabras, estoy dispuesta a descubrir cómo son estas fechas para los bruselenses y a sumergirme en su relato para traeros un pequeño fragmento de la navidad del norte de Europa.

Lo primero que llama mi atención es el sinfín de luces y adornos que cubren paseos y fachadas. Literalmente podría decir que Bruselas se “viste” de navidad. Los escaparates se suceden uno tras otro repletos de brillantes guirnaldas, coloridos lazos gigantes de raso, espumillones destelleantes y una infinidad de objetos grandes y pequeños relacionados con estas fiestas. Luces multicolores parecen descolgarse del cielo para saludarte y recordarte que son momentos especiales, que has de abrir bien los ojos y disfrutar de este sueño hecho realidad.

Las empedradas calles parecen susurrarte que la navidad fue inventada para vivirla aquí. Una ciudad en la que niños y no tan niños disfrutan por igual de todas las festividades y eventos que organizan los residentes. Un gran mercadillo navideño se despliega por las callejuelas del centro de Bruselas, y cuenta cada año con una ciudad invitada que nos acerca esta tradición desde su punto de vista. Este año nos incita a pasear por numerosos puestecitos inspirados en Quebec. Podemos saborear platos traídos de esta región canadiense mientras artistas venidos del país americano tocan melodías autóctonas que suenan de fondo y ayudan a recrear el ambiente de la región francófona de Canadá.

Mientras degusto una “beaver tale” o “cola de castor”, que es el postre por excelencia de Montreal y el que me recuerda tanto a aquellas gélidas tierras, observo a lo lejos un puesto con un letrero enorme y llamativo que pone “Los Churros”, instalado a los pies de una tradicional construcción belga, y que ofrece nuestros deliciosos dulces a las mareas de viandantes que se amontonan frente al mostrador. Momentáneamente tengo la sensación de estar a las puertas de la chocolatería San Ginés en Madrid, después de haber pasado el día haciendo compras navideñas cerca de la Puerta del Sol. Pronto el frío y la humedad junto a las palabras francesas que flotan en el ambiente, hacen que ese sueño se desvanezca.

Me doy una vuelta por la plaza de Sainte-Catherine, uno de los puntos centrales de Bruselas y que ahora alberga un curioso tiovivo para los más pequeños, que recuerda a “La máquina del tiempo” de H.G. Wells, además de alguna actividad para más mayores y un corto proyectado sobre la fachada principal de la catedral. La gran aglomeración de gente que me envuelve no me impide disfrutar de un ambiente en el que realmente podríamos decir que la navidad es la única protagonista del momento.

A unos pasos de Sainte-Catherine, los muros de la Grand Place, el centro neurálgico, se convierten en lienzos sobre los cuales se pinta uno de los espectáculos de luces más importantes del norte de Europa. Este año el famoso artista Koert Vermeulen ha sido el encargado de configurar un show en el que durante 15 minutos todo tu mundo se desvanece para prestar atención únicamente a lo que tus ojos y oídos están presenciando.

¡Es increíble! Nunca he visto algo parecido – le comento a Laurent. El despliegue al que estoy asistiendo durante esta tarde me lleva, sin querer, a compararlo con mi ciudad. Si bien en Madrid nunca he visto cosas tan espectaculares, pienso que el encanto con el que acogemos la navidad en nuestro país, escasea entre los centelleantes brillos multicolores que me rodean en este instante.

Laurent me cuenta algunas historias en las que se basa su navidad, y me explica que el nacimiento de Cristo sigue siendo el núcleo de la leyenda, pero como en tantos otros países europeos, no se celebra la tradición de los Reyes Magos presentando sus ofrendas al Niño Jesús el día 6 de Enero. Tampoco es tradicional Papa Noel, en el cual no creen desde bien pequeños.

¿Y quién trae regalos a los niños entonces? – le pregunto.

En los Países Bajos, la tradición dice que es “Sinterklaas”, un personaje venido, precisamente de España, en un barco de vapor – continúa Laurent – que, a lomos de un caballo blanco y acompañado por un ayudante negro, reparten miles de regalos a los niños la noche del 5 de Diciembre, pocas semanas antes de navidad.

La figura de Sinterklaas está basada en San Nicolás de Bari, quien en el siglo VI fue obispo de Myra, en Turquía. Por eso, viene equipado con un gran cetro dorado, una mitra – un gorro que portan los obispos en la testa –  y una larga capa roja, símbolos que claramente le identifican con la Iglesia.

Zwarte Piet, “Pére Fouettard” o “Pedrito el Negro” en castellano, es una figura que genera una fuerte polémica. Aunque su procedencia no está del todo clara, hay varias leyendas con las que los niños crecen y se transmiten de generación en generación, probablemente para satisfacer a defensores y detractores de este personaje. Mientras Laurent me las relata, intento deducir el trasfondo de todas ellas.

La primera cuenta que Pedrito era un esclavo morisco que Sinterklaas adquirió en un mercado en Etiopía, y que desde entonces le sirve como agradecimiento por comprar su libertad. Pero una segunda versión cuenta que “Pedrito el Negro” realmente no es negro, y por tanto nunca fue esclavo. Su color de piel se debe al simple hecho de que para dejar los regalos sigue la muy recurrida táctica de deslizarse por la chimenea lo que inevitablemente le lleva a estar permanentemente recubierto de hollín.

El último mito, y para mí el más racista de todos, es que Pedrito era un diablo que se dedicaba a secuestrar niños, y llegó un momento en el que Sinterklaas le derrotó y le obligó a servirle el resto de sus días. Es por eso, que cuando los niños de los Países Bajos se portan mal, los padres les amenazan con que “Zwarte Piet” o “Pére Fouettard” vendrá a secuestrarles y se los llevará a trabajar a España. No puedo evitar esbozar una media sonrisa cuando escucho este último relato de boca de mi amigo.

Sea como fuere, son curiosos los nexos entre la historia de Sinterklaas y Papa Noel. Ambos vestidos de rojo, deslizándose por las chimeneas para dejar regalos a los niños en Navidad. Mientras aprendo todas estas nuevas historias no dejo de pensar en Melchor, Gaspar y Baltasar y la ilusión con la que cada año les esperamos dejando bajo el árbol un trocito de roscón y una copa de vino.

Es curioso cómo hacemos nuestras las tradiciones con las que crecemos y nos enorgullecemos contándolas en el exterior como si fueran una parcela que nos pertenece de alguna manera. Ante la mirada atónita de mi amigo, le digo que para recibir el año nuevo, en España se toman 12 uvas que nos darán suerte. Me mira con algo de desconfianza, sonríe y nos perdemos por una galería repleta de luces, chocolates y cárteles de “Bonnes Fètes”.

Mientras escribo estas últimas líneas me encuentro en la puerta A58 del aeropuerto de Bruselas, esperando el avión que me llevará de vuelta a casa para poder compartir estas fechas con los que más quiero. Durante unos días cambiaré los destellos de una navidad exuberante por comidas con amigos, paseos por la Plaza Mayor, el olor de la cena de nochebuena, la cabalgata de Reyes… ¡No puedo esperar más!

 

 

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